Margarita Graziano — Comunicación – UBA

MEMORIA Fue a comienzos de 1997 en su oficina de la calle Ayacucho, donde Margarita estaba a punto de firmarme una carta de recomendación, cuando casi al mismo tiempo nos dimos cuenta de la cantidad de actividades que habíamos compartido en los años anteriores. De hecho, mi Tesina de Licenciatura, así como mi trabajo docente […]

Margarita Graziano — Comunicación – UBA

Diario de Cuarentena. Intimidades de las horas de encierro.

Diario de Cuarentena.

Intimidades de las horas de encierro.

Todavía camino a paso ligero, sin bastón, erguido y mirando al frente. Eso no significa que no me cuide. La última vez que me caí y se acercaron dos o tres personas preguntándome como estaba, si necesitaba algo o ¿quiere que llamemos al SAME? Lo que sentí, más que agradecimiento, es vergüenza. Así como me da vergüenza que me ofrezcan el asiento en el colectivo aunque también me da bronca que un pibe sentado en el reservado para embarazad@s, discapacitad@s o viej@s se haga el boludo mirando el celular o mirando para otro lado, es decir a la ventanilla.

Ser viejo, no es chiste. Pero prefiero ser un viejo que conserva el humor. Posiblemente para espantar a la enfermedad, la muerte, la soledad.

Todo esto viene a que le dije a un amigo que esta cuarentena se parecía a un pre-geriátrico o residencia de ancianos. Nos reímos los dos, pero a mí me parece que nos reímos de nervios.

Yo llegué a la vejez casi sin darme cuenta. Algo así como el tiempo en el cine. Esas dos horas que dura la película de Woody Allen que tanto me gusta y por lo tanto cuando me doy cuenta de que está por terminar siento que me gustaría que siga, que siga y siga, es porque el tiempo se me pasó, como se dice, volando. ¿Se dieron cuenta que cuatro horas de auto es una cosa y cuatro horas de avión es otra? Seis horas durmiendo no son seis horas trabajando. O cuarenta minutos de cinta no son cuarenta minutos de un primer tiempo de Boca-River. Necesito tantos ejemplos para decir(me) que mis casi 80 me parecen 60, o exagero, me parecen 50, o 40.

Como no creo en dios, ni en otra vida, ni en la reencarnación, me resulta bastante molesto esto de morirme. No voy a mentir diciendo que es preferible tener pensamientos positivos, o no pensar en “eso”. La gente que conozco de mi edad, de mi generación, tampoco le pasa desapercibido el tema. Los chistes ayudan a mantener el espíritu abierto y no quitarle espacio por más miedo que haya.

Esta cuarentena no me tomó desprevenido. Trabajo, estudio, leo, pienso, estoy en “las redes”, ahora, en cuarentena, y cuando no estaba en cuarentena también. ¿Qué es lo que me falta?

Antes que nada me faltan mis nietos y mi bisnieta. Me falta el ruido , el quilombo, ir a comprar regalos, cosas ricas, el tocarlos, besarlos, abrazarlos. Me faltan los amigos, las amigas, las discusiones, las emociones, las miradas. Me falta la libertad. Eso me falta y eso extraño. Yo tenía un amigo raro e indescifrable con el cual teníamos una relación entrañable. Se llamaba Juan Fresán y se murió antes de tiempo. El tipo era un genio, un tipo brillante. Un diseñador, un artista, un pensador. Juan decía que tenía que vivir al menos a dos o tres cuadras del Florida Garden, la tradicional confitería de Paraguay y Florida. Yo le decía: pero Juan si vos prácticamente no salís de tu casa, nunca vas al Florida Garden, odias encontrarte con gente, por qué tendrías que vivir a tres cuadras del Florida Garden. Juan contestaba: “No me importa que yo no vaya. Lo que me importa es saber que está ahí y yo estoy cerca”.

Pero creo que todo esto es para ocultar otras cosas que me faltan. Me falta la pasión, eso sí me falta. Y eso no se compra, no se alquila, no se disimula. La única pasión que me queda es militar por un mundo totalmente diferente al que vivo y noto que se va debilitando al igual que otras pasiones.

Cuando tenía 30 años tuve una crisis que en esa época se llamaba la crisis de la mitad de la vida, porque se creía, o creíamos que la vida duraba más o menos sesenta años. Y su duraba más era simplemente porque uno duraba más que la vida. En esa crisis de la mitad de la vida los de mi generación queríamos ser hippies. Estaba de moda largar todo e irse a vivir a El Bolsón, en Río Negro, a cuarenta kilómetros de Bariloche. Algunos lo hicieron. Antes que llegara la dictadura, unos meses antes me fui a Venezuela, a Caracas. Lo decidí el día que volvió Perón a la Argentina y viví la guerra de Ezeiza. Había votado a Cámpora y fui, el 1° de mayo de 1973 con el que era mi cuñado de ese entonces a reclamar la libertad de los presos políticos a Villa Devoto. Montoneros era la esperanza. En las reuniones discutíamos cuáles eran las condiciones de fundar una patria socialista. Con una gran amiga hicimos una investigación para El Descamisado sobre la tortura en el conurbano sur de la provincia de Buenos Aires. Cuando presentamos el trabajo, el secretario de redacción nos dijo que no se podía publicar porque a los que denunciábamos como torturadores posiblemente los iba a necesitar el movimiento para “otras tareas”. Poco después, renunciaba Cámpora y asumía Lastieri, el yerno de López Rega. Por eso me fui a Venezuela.

Escribiendo sobre cuarentena en el 2020, las intimidades me retrotraen a los 70. Vaya viaje a la historia. Vaya viaje a la pasión.

Como muchos de ustedes saben intento nunca pasarme de las mil palabras, por eso voy a dejar acá. Aunque prometo que mañana voy a seguir con las intimidades. Ojalá tenga ganas…con esta desapasionada cuarentena. Salute,

Diario de Cuarentena. Al periodismo no lo mató el virus .

Diario de Cuarentena.

Al periodismo no lo mató el virus.

Marcelo Cosin

Dicen abuelos o abuelas cuando se refieren a jubilados o jubiladas. Hacen preguntas del tipo ¿por qué la mató?, a un tipo acusado de asesinato. Corren detrás de un funcionario que no quiere hacer declaraciones y lo acosan con frases como “no quieren hacer declaraciones”. Parten la pantalla del televisor en dos y en una de las mitades repiten hasta el cansancio la misma escena. No informan, abruman, enloquecen, desquician la escena.

Leo todos los domingos con pasión el Cohete a la Luna. Horacio Verbitsky es un periodista de la información, las fuentes, pero sobre todo de la originalidad por encontrar a una noticia que es obvia y volverla única, sobre todo por la investigación que hace sobre ese hecho. Todos los colaboradores de El Cohete a la Luna son homogéneos no por el estilo sino por la coherencia: todo lo escrito parece provenir de algo qué pasó, no de algo que se inventó. Es como si antes de publicar el editor preguntara “ y esto que escribís que fuentes tiene”.

La televisión arruinó el periodismo. Los noticieros compiten por dar en el clavo con el gusto por lo negro, lo escandaloso, el chisme. Es absolutamente cierto que los directores y secretarios de esas bazofias festejan los femicidios, los ataques sexuales, las violaciones y ahora las muertes que ocasiona la pandemia. Estoy seguro de que es así.

El periodismo de Eduardo Feinmann, de Echecopar, de Intratables no es malo por ser opositor al gobierno nacional y popular, por ser el defensor de los que les pagan para que digan lo que dicen. No. Es malo porque no hacen periodismo, sino amarillismo. Aunque no siempre cobren instigan al odio, a la pelea, a la venganza.

Es cierto que Alejandro Fantino no es periodista. Es un showman que puede hacer Animales Sueltos con cómicos repetidos y modelos semidesnudas hasta un programa de entrevistas o conducir un entretenimiento de la tarde, siempre con esa misma risa forzada y uso de estereotipos del tipo “pará, pará…no me digas que”.

Había periodistas que respondían a intereses políticos y comerciales como José Ricardo Eliaschev, pero lo hacían con profesionalismo. Hablaban bien y escribían mejor.

Hay periodistas que son buenos periodistas aunque se ganen la vida como periodistas mediocres, como es el caso de Jorge Rial.

Hay periodistas que engañaron siempre y siguen engañando con su personalidad, su cultura y amor por el poder y el dinero, como Lanata.

Pero pocas veces se encontrarán periodistas como Tomás Eloy Martínez o como Jacobo Timerman, que nunca estudiaron periodismo y fueron los mejores periodistas.

El símbolo máximo del periodismo corrupto fue Bernardo Neustad. Cobraba por minuto, por palabra y hasta por cada gesto.

Por último quiero escribir sobre las carreras de periodismo. Duran cuatro años, otorgan títulos de licenciados y los alumnos se reciben, a veces, sin leer diarios, ni libros, ni crónicas. Muchos de ellos son los que hoy vemos a menudo en la televisión.

Si alguna o algún de esos periodistas que menciono o se sienten identificados con los que aparecen en esta nota, sienten bronca, resentimiento u odio, les digo que tienen derecho a contestar para defenderse. No se sientan ofendidos, ustedes ofenden todos los días.

Diario de Cuarentena. La guerra de los balcones.

Muchos de nosotr@s estamos transcurriendo un tiempo diferente al pasado. Estamos enclaustrados, tratando de encontrar un sentido a esta vida sin contactos personales, sin contactos físicos, sin mirarnos, ni vernos, ni tocarnos, ni reírnos al mismo tiempo.

En algo mitiga la soledad el WhatsApp con video, el zoom, el celu. Pero falta el acercamiento y sobra la distancia.

Hoy, 1° de abril del 2020, año de la pandemia, miércoles para más datos, lluvioso y otoñal, me provoca meterme en la vida de los otros, en los resquicios de sus intimidades, en auscultar sus lenguajes, sus modos particulares, sus frases reiteradas.

Para empezar quiero compartir cómo es mi día, sobre todo para que puedas compararlo con el tuyo.

Me acuesto más tarde, tipo 2AM, me levanto más tarde, a eso de las 10, soy constante con el uso de la bicicleta fija (40 minutos por día), escucho más música, leo más, especialmente filosofía, política y comunicación. Veo menos tele y paso la mayor parte del día sentado en mi estudio frente a la compu. Tengo más tiempo para pensar y acordarme de tiempos pasados, preguntarme porqué habré hecho determinadas cosas y por qué no hice otras. Me acuerdo de tiempos de dolor, de la época que mis hij@s eran chicos, cómo fueron sus adolescencias, mis ausencias, mis enfermedades, mi entrada en la vejez.

Estoy muy dedicado a pensar, leer e investigar acerca de que nos espera después de esta pandemia. Seguro que no soy original, pero intento al menos hacerme preguntas acerca de si podré ver un cambio en el mundo. Por momentos creo que algo se avecina y en otros, con pesimismo, pienso que poco a poco nada va a cambiar demasiado.

Recién leía una nota de un tipo que admiré mucho y después me decepcionó, José Pepe Nun. El tipo es un investigador prestigioso y justamente tiene un tema al cuál le ha dedicado tiempo y esfuerzo: los impuestos. La nota se llama “Acerca de la desigualdad y los impuestos”.  (les dejo el link https://www.vocesenelfenix.com/sites/default/files/pdf/nun.pdf

Uno esta nota a el programa “Brotes Verdes” del periodista Bercovich que entrevistó a Branko Milanovic, un especialista en desigualdad, que expuso un proyecto para el mundo en época de virus: un impuesto a los millonarios. Recomiendo ver y escuchar esta entrevista. https://www.youtube.com/watch?v=9GkAd0ToJOo

Dejo para el final lo que anticipé en el título de esta cuarentena: la guerra de los balcones.

El lunes cuando a las 9 y media de la noche escuché los golpes de cacerolas me indigné, insulté, salí al balcón les grité hijos de puta. Lucy se enojó conmigo, llamándome chiquilín, y otros no tan dulces y me senté en la compu y estallé contra todos los gorilas a quiénes les predije los peores de los males infecciones actuales incluidas.

Pero ayer, martes 31, escuché a Leandro Santoro en C5N con Sylvestre y me convenció rápidamente que esa guerra de balcones no solo no sirve para nada, sino que entramos en las provocaciones de quiénes son víctimas más que victimarios. Y es así.

Mis vecinos de Palermo y los tuyos de dónde vivas son víctimas de la capacidad del mundo capitalista y sus poderosos medios para convencer que “el mercado es mejor que el estado”, “tener más es posible y lo que tenés que hacer es aspirar a más”, “los ricos son más felices que los pobres”, “los que son pobres son vagos irrecuperables”, etc. etc. que vos y yo conocemos muy bien.

Son víctimas del poder y encima están convencidos. El capitalismo necesita de sujetos a explotar. Para eso usan todos los recursos de los que disponen. Les hacen la cabeza y lo hacen muy bien. No tenemos que vencerlos a ellos. Hay que vencer a los ideólogos. No sirven las batallas de balcón a balcón porque perdemos energía. Es preferible ganar otras batallas.

No quiero extenderme más porque cada vez tengo menos “enredados” dispuestos a leer tanto. Espero respuestas. Tenemos tiempo. Hasta la próxima cuarentena.

Diario de Cuarentena. La cacerola no se mancha.

Reconozco que no participo de los aplausos de las 9 de la noche. No me gusta participar de eventos copiados de otros lares. (lugares). Tampoco participo de aplaudir en los entierros de gente famosa. Sin embargo me gusta cantar (me gustaba) en los tablones de Atlanta las canciones futboleras. También me gusta cantar en las marchas “como a los nazis/ a dónde vayan/ los iremos a buscar”. Son gustos.

Ayer a la noche después de aguantarme los aplausos (“una grasada”, según opina y comparto Mona Müller), a las 9 y media en punto aparecieron unos ruidos raros, como metálicos, en toda la cuadra de Charcas al 3300, la cuadra de mi casa. Salgo al balcón intuyendo de qué se trataba. Un tipo, desde un piso 12 usaba un megáfono y vociferaba: “devolvé la guita, chorra”. Las cacerolas encendidas por las cucharas, los cucharones y alguna sartencita quemada, batían el chan-chan clásico de los cacerolazos. De un salto pasé de C5N a TN y ahí comprendí el operativo “volvimos”. Me senté frente a la compu y en dos minutos comprobé el armado de los famosos trolls del macrista y ausente Marquitos Peña Braun, el bisnieto judío de un sabandija de la Patagonia.

Tengo que reconocer que me desesperé. No imaginaba que iban a volver de esa manera.

Ahora les voy a contar que me parece todo esto, desde mi óptica de veterano en lides políticas argentas.

Es simple. El 93% de imagen positiva de AF, más la desdichada aprobación de Su Giménez y la aparición de notas con el título de los macristas que ahora adoran a Alberto, fueron suficiente para que se despertara en el núcleo Círculo Rojo o en la AEA (Asociación Empresaria Argentina), o los Chupasangre, que vieron en el discurso del domingo de AF una advertencia, una amenaza, un peligro.

La situación mundial, más la incertidumbre que provoca la epidemia o pandemia lleva a que se pase de un estado de susto en algunos casos, pánico en otros, voracidad en muchos.

Esta vez pienso que es muy difícil lograr empatía con los enemigos. Más de una vez imaginé que uno podía colocarse en el lugar de alguien que estuviera en las antípodas. No es posible. Para eso es necesario nacer en esta época, posiblemente.

Raúl Larra, que fue mi suegro, era un escritor prolífico, comunista militante, coherente con sus creencias y principios, me dijo una vez que el reformismo nunca iba a poder encontrar una solución a la desigualdad y a la explotación. Lo pienso muchas veces. Creo que el peronismo, fundador de un reformismo con pragmatismo político pudo dar muchas más soluciones a la desigualdad que otros partidos de izquierda y a movimientos revolucionarios. Pero el problema del peronismo que renace de sus cenizas cada vez que es necesario es que vuelve a ser vencido por la prepotencia, el poder económico y especialmente la capacidad de persuadir a la sociedad de una felicidad aparente, innecesaria pero ambicionada. La felicidad del tener sobre el ser. La idea de alcanzar metas en base a la competencia, la adversidad y el entusiasmo.

Volviendo a la realidad, me parece que la derecha neoliberal, explotadora y aprovechadora vuelve cuándo y cómo puede. La derecha en manos de empresarios que acumulan unos pocos la riqueza que producen los explotados, sin inexpugnables. Son como el escorpión que prefieren su muerte con tal de exterminar a su salvador. Creo que no hay capitalismo sin consumo y sin explotación. Viven de los que explotan. Si matan a los explotados, ¿qué les queda?

Cómo verán mi cuarentena de hoy es sintomática, política y quizás para algun@s anacrónica.

Conozco muy bien la sociedad del consumo. La estudie a fondo. Sé de las debilidades y las apetencias de las personas, eso que los marketineros llaman insights.

Estamos ante un momento histórico. Un tiempo de cambio. Posiblemente muchas muertes acompañen este ciclo. Posiblemente cambie el mapa del mundo. Quizás el capitalismo se reponga una vez más y renazca el imperio. Quizás también se llegue a un acuerdo y el reformismo intente la igualdad social. También es posible que aparezca un nuevo intento revolucionario, diferente a los anteriores que nos lleven a uno o más siglos de igualdad, libertad y justicia.

Nos vemos.